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viernes, 24 de enero de 2014

Árbol, roca, charco.





Me convierto en encina, es más, me anticipo a algunos satíricos e injuriosos pensamientos, sí, en alcornoque, no hay problema. Es una opción cómoda, fácil. Me desvío un momento del blog de un corredor, de compartir viajes y formas de ver el deporte,  los entrenamientos, al casi más complejo, absurdo, difícil mundo de entrenar la convivencia y la pertenencia a un determinado grupo.

Hoy he repetido un mantra multitud veces  a mi compañero de entrenamiento. Lo que era una aparente broma,  ocultaba un amargo lamento. “La informática es destructiva”. Trabajamos en un sector deshumanizado, en el que se mezclan muchos intereses y los trabajadores están disgregados, cada uno con diferentes contratos y condiciones económicas, con el resultado indeseable de (redoble de tambor): falta de conciencia de clase y pertenencia a un colectivo. Deshumanización. Abusos. Pesebrismo. Miedo. Zombis.




En no menos ocasiones he pensado en que necesito hacer algo que me haga creer en el ser humano.  Trabajar para alguna ONG. Pero soy egoísta, y cedo ante el conformismo. No tengo mucho tiempo, o eso me digo, y no renuncio a mi dosis de endorfinas. Mi vigorexia es una sátrapa, una vil y tirana déspota, muy común entre los deportistas populares, los que tienen la eterna sensación de que nunca entrenan lo suficiente, que dicen que no han entrenado lo suficiente, pese a la publicación en redes sociales de largos y extremos entrenamientos, a vida o muerte, épicos, míticos, góticos, y hasta orgásmicos.

Destrucción de la naturalidad delante de una pantalla, da igual las pulgadas de la misma. Tengo que decir mi bravuconada, mi pensamiento universal y transgresor. Proyecto la imagen que quiero tener de mí, construyo un avatar que va tomando conciencia de su propia existencia hasta anular la mía. Soy perfectamente correcto y trato de llegar a todo el público, a veces quiero ser “la tendencia”, llamar la atención, porque mi servicio de marketing me dice que es el momento, y el otro yo, sale por una tangente grotesca que de naturaleza provocadora pasa a patochada fuera de lugar. El mundo de lo público. Un fraude.

Corro porque soy más yo que nunca, y resulta que me encuentro con ese pobre idiota corriendo, no huyo de ningún avatar, ni de un mundo deshumanizado, no huyo, porque vuelvo. Es así como vuelvo a sentarme rodeado de zombis pusilánimes, me comunico con ellos desde la perfecta corrección y las ganas de agradar,  y me atrevo a darles consejos, y mi avatar es todavía más correcto, se relaciona y hasta quiere decir algo. A todo esto, el que corre se muerde la lengua porque las normas del buen hacer le obligan.

Maldita informática. Es destructiva. Sin ella y sus personajes ficticios, perfectamente se podría decir “vete a tomar por el culo”. No estaría mal volver a las calles de Vallecas de los primeros años ochenta, dónde decirle a alguien “eres un soplapollas”  borraba toda duda de con quién estabas hablando. Seguro que antes de publicar algo que sea una estupidez, el verdadero yo, te daría un toque en forma de “¿Pero qué cojones es esa gilipollez? ¿Crees que tu puta opinión le interesa a alguien, o que tienes taaaaaanto que decir, o sabes tanto? Anda, tonto a las tres, deja a la peña en paz y deja de ser tan guay y transgresor, que tienes una hostia pero bien dada en toda la boca”.

 Hasta podríamos empezar a pedir derechos. Ni aquí, ni allí, soy mejor corriendo, en el lugar donde lo más sincero es un árbol, una piedra, un charco.


 

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