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domingo, 22 de febrero de 2015

Once Upon a Time in The West.

Echando la vista atrás, me echo de menos. A algunas personas también, y el todo que conforman en conjunto con situaciones especiales. Los tiempos pasados vuelven si nos sale de los cojones, lo otro, lo de que no vuelven, es una mentira de un triste.

No es la zona de confort, no podría decirse que sea la culpa de permanecer en una ella, porque no es cierto. Mi día a día es una sucesión de búsqueda de espacio personal, me siento jugando un juego que no quiero, y creo que soy sincero conmigo mismo, y auténtico con los demás, con unas zapatillas en medio de un monte. La mayoría del tiempo soy la persona que responsablemente debo ser, ese que se contiene delante de un jefe al que estrellaría contra la pared a la vez que le diría "no me voy a dejar quemar la vida ante el propio abandono de la vuestra", ese que sale sin tiempo de su trabajo y de forma autómata aparca en el supermecado de turno para hacer la compra semanal, el que a la vez que tomando leche caliente con cacao recoge la cocina sabiendo que no hay momento para ser otra cosa, que la noche se cierra y quedan tan sólo 25 minutos escasos de vegetar en un sofá, antes de cerrar los ojos para repetir otro día. Y lo hago porque soy padre, y porque me han maleducado para tener cargo de conciencia.

Pero sé quien soy, un elemento al que tengo ahí contenido, y que necesito. Ese que brinda al aire con un botellín de cerveza y con cara de cabrón satisfecho después de haber corrido casi 60 kilómetros y alrededor de 2500 metros de desnivel positivo, rodeado de amigos, sentados en el porche de un bar de Cantalojas, en las estribaciones de la Sierra de Ayllón, después de haber completado la mejor de las etapas que Jose-Hiper diseñó sobre un mapa y nunca se pudo realizar, hasta que se me puso en los cojones que había que hacerlo. Días después reía de puro cerdo en la parada de autobús de Ucero (Soria), tomando Coca Colas en una tourné de ruidos corporales grupal, a falta de unos 8 kilómetros para completar la etapa final, y así cerrar el merecido homenaje a nuestro amigo en la explanada de la Ermita de San Bartolomé de Ucero. Me sentí completo, y orgulloso de estar con quién estaba, y de haber hecho lo que habíamos hecho, independientemente de que las piernas me hablasen y me dijesen "bonita película, pero esperabamos más".



Ese atardecer no ha terminado nunca, estará siempre conmigo, sentado frente al Atlántico en la playa de Cap Ferret en Aquitania. La etapa había sido calurosa y los cuatro empezabamos a acusar el hambre, correr con todo encima, comida, ropa, saco de dormir, en etapas de hasta 50 kilómetros con toda esa arena, era bastante duro, alguno ya tenía los pies bien jodidos, yo mismo tenía infectada una ampolla en la parte trasera de mi pie, pero la sensación era de perfección, este momento era irrepetible, la luz anaranjada en el infinito, más abajo la espuma blanca atlántica deslizandose por la arena, y al fondo la mística Dune du Pyla, que recorreríamos al anochecer, para adentrarnos en un bosque negro como una cueva, solitario, perdido, en la zona más salvaje que hay en el sur de Europa, en el que el frontal proyecta un halo de luz que oscurece aun más todo lo que te rodea. Tres días después Gaizka vomitó en la tienda todo el vino que había tomado en la celebración de la última etapa, y yo no podía dormir, porque el vino hacía que ondulase el techo de la tienda de campaña del tamaño de un mobile home, que habíamos alquilado en el camping cercano a la meta. Un par de horas antes, la mitad de los franceses participantes de la prueba estaban abrazados a nosotros haciendo las genuflexiones delante de la banda musical que tocaba los acordes del "Paquito Chocolatero". En el sur de Francia, y concretamente en la zona oeste, muchas tradiciones se intercambian, y ya lo pude comprobar años antes, en el suelo de la trasera de un bar en el que nos dejaron dormir, como unas tres horas antes de tener que estar corriendo mi primera edición de la ultra que mejores recuerdos me dejó, la Euskal Endurance. Mi cabeza estaba enojada y a la vez divertida comprobando como en Saint Étienne de Baígorry, en el Pais Vasco francés, atronaban los acordes de "La cabra, la cabra, la puta de la cabra"... en ese duerme vela, creí escuchar la letra en francés.




Entendí lo que estaba haciendo aproximadamente en el kilómetro 900 y pico de la París-Brest-París, el ruido lejano de la la cadena deslizandose por el piñon y el plato, estaba empezando caer la tarde, esa fase del día en el que las fotos salen perfectas, y la sucesión de pueblos del la campiña francesa cercana a París, me había dejado anestesiado, por su belleza simple y conocida, esa que ves muchas veces en el cansino retrasmitir de etapas del Tour deFrancia, con sus picudas iglesias y refinados castillos. Lo entendí. Estaba viviendo el auténtico ciclismo, mi ciclismo, que es lo que te permite vivir una prueba como esta, tu propia experiencia. Había dormido unas 4 horas y media aproximadamente esa noche anterior en Tinteniac, y me sentía pletórico. Me acordé de Luismi y su pasión por el ciclismo de años atrás, y pensé sinceramente que un poco de aquella aventura le pertenecía, ese ciclismo de autor, de los padres de este deporte, puesto que mi primera prueba algo seria en el mundo de ciclismo, ya ves tú, fue la Perico Delgado, en la que me hizo de padrino y cuidador, con mis escasos 50 o 60km. máximos de bici que había yo realizado en mi vida. Mi entrada en meta de la Paris-Brest-Paris la sentí como un poco han sucedido las cosas en mi vida, disfrutando la simple realidad ante las perspectivas idealizadas, y se viven más y mejor, porque son purase identificables. Llegué a la una de la mañana aproximadamente, sin naide en las calles, y la llegada a meta no fue algo similar a lo que cualqiera puede pensar, me bajé de la bici, la dejé en un soporte y me dijeron: "Has llegado, ve a aquella mesa a sellar". No fui capaz de asimilar aquella sencillez en ese primer momento, ni épica, ni música, ni gente aplaudiendo, un sello y ale chaval, enhorabuena, despues de 77 horas de pedaleo y más de 1250km. Tiré las cosas en la moqueta del pabellón, luego vendría a dormir junto a ellas, y por mí si algún despistado se las hubiese llevado en aquel momento, me habría importado una mierda, tan sólo quería una cerveza. Solo, en aquel grotesco bar de polideportivo montado para la ocasión, con aquel franchute somnoliento mirándome como si yo fuese un depravado vestido de ciclista. Me fui a dormir, y tumbado en aquella gélida moqueta lloré, por lo mismo que lloré en su momento cuando me divorcié, porque lo idealizado es siempre peor que la sencilla realidad y ya lo debería saber, qué hija de puta es la realidad, pero que bueno que siempre se me muestre... Ya lo hizo años atrás, muchos, cuando me dijo quién era yo, y el favor que me hacía al descubrirmelo, en una situación similar, tirado en el suelo, rodeado de monte mediterráneo, impregnado de olores a tomillo, romero, espliego y humedad mediterránea en aquel maratón de montaña en el que salí como un tiro, y llegué a meta de milagro. También lloré, por no controlar aquella situación personal tan dolorosa, de la que luego salí fortalecido. Veía pasar corredores pero ellos no me veían a mí, me había salido del camino a una pradera elevada, y el sol me daba directamente, lo recuerdo, me reconfortaba. No me habría ido de allí, pero tenía que hacerlo, de hecho mis compañeros de equipo estaban en meta preocupados, no se explicaban como habiendo salido tan delante en la carrera no estaba en meta hace tiempo.



Once Upon A Time In The West
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  y a ello me remito, quiero ser quien he sido cuando me siento auténtico, y en todo este follón existencial siempre me digo, quiere a tus amigos, quiérete como lo estás haciendo, y mientras, haz que el otro trabaje para que sigas siendo un padre, no sé si ejemplar, pero decente, una pareja, similar, y que sea ese pobre el que pague las facturas a el otro feliz sinvergüenza y macarra, que sólo quiere escapar a las montañas, a lomos de una bicicleta día y noche, y que necesita a sus amigos de batallas.

Vaya cuelgue colega.




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